EL MIRADOR DE ARTURO – ABRIL

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CORRUPCIÓN: SIGNO DE NUESTRO TIEMPO
“El mundo se divide entre indignos e indignados, cada quien escoge de qué lado quiere estar” Eduardo Galeano (1940 -2015)
Si bien el fenómeno de la corrupción no es asunto exclusivo de nuestro país, aterra constatar los niveles alcanzados por este mal, considerado por muchos como el mayor problema de los tantos que aquejan a nuestra sufrida sociedad.
Una mirada retrospectiva permite verificar que la trampa, la deslealtad, el atajo, la traición, el favorecimiento, el nepotismo, los excesos del poder, la “mordida”, algunos de los múltiples rostros de la corrupción, han estado presentes a lo largo de nuestra historia y que aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor” no deja de ser un nostálgico anhelo saturado de desinformación o de mala memoria.
El escándalo destapado con ocasión de las denuncias de corrupción en la Corte Constitucional en el que el mayor protagonista, pero no el único, es el propio Presidente de la Corporación, el Magistrado Jorge Pretelt, no ha hecho sino confirmar la verdadera dimensión del fenómeno. Es que lo que se ha venido descubriendo luego de las primeras denuncias de tráfico de influencias con grandes cifras de dinero de por medio, las que tienen que ver, ahora, con la adquisición de tierras que vienen de procesos de despojo violento por parte de reconocidos jefes paramilitares de Urabá, muestran una desfachatez sin límites y un desafío a la sociedad por parte de los llamados a ser garantes de la moral pública.
Como sociedad hemos caído muy profundo en lo que a valores éticos y morales respecta.
La historia la escriben los vencedores, se ha dicho. Por ello, la versión oficial de nuestro acontecer está plagada de tergiversaciones, omisiones y agujeros negros que no permiten conocer la verdad de lo que sucede. Así, imposible rectificar.
Entre el ocultamiento de la verdad y una justicia manipulada para garantizar impunidad a la “gente bien”, se tiene asegurada la repetición a perpetuidad de estos hechos y la reiteración de sus protagonistas, beneficiarios de este estado de cosas.
Es tal el arraigo de la corrupción en el alma de nuestra sociedad que ya hace parte del paisaje y se nos han vuelto aceptables y normales hechos que riñen con la moral pública y con la ética. Justificamos comportamientos en el hombre público francamente enfrentados con estos valores, cuando debiera brillar como referente social sobre todo para las nuevas generaciones. Ahí radica lo más grave si pensamos en que algún día habremos de salir de este fangal.
¿Para qué el “progreso”, para qué tanta obra si perdemos la carrera de construcción del hombre nuevo que venga a liderar los cambios profundos que requiere esta sociedad enferma, arrastrada al abismo por los valores del dinero fácil y rápido, no importa que sea el de todos, el que llega a las arcas públicas, supuestamente destinados a suplir, con prioridad, las necesidades más apremiantes de los desvalidos?
Con razón se afirma que la educación, los cambios de paradigmas, de referentes sociales y culturales están en la base de los esfuerzos que debemos dirigir hacia el nuevo norte. Pero que el gobernante, el líder, el dirigente, no se sientan por fuera de ese gran movimiento educativo transformador. Que no crean que el esfuerzo educativo tiene como objetivos exclusivos a los niños y jóvenes insertos en el aparto escolar de hoy. Todos debemos sentirnos convocados por la revolución cultural que necesitamos. Con mayor razón quienes tienen algún cargo o lugar en la sociedad que le otorga mayor grado de reconocimiento pero también de responsabilidad. Empezando por el ejemplo, del cual se ha dicho que es el mejor instrumento para la educación, cuando se está dentro de los cánones de la rectitud tanto en la vida pública, en el ejercicio de sus funciones, como en sus actuaciones como ciudadano de a pié.
Los tentáculos de la corrupción son poderosos y pocas veces dejan rastro de su accionar. Cada vez son más refinados sus métodos. Al funcionario venal lo asesoran verdaderos expertos en asuntos de elución de la acción de los organismos de control y cuando éstos actúan, tampoco son garantía de procesos transparentes o ajenos a la manipulación. Allí también entró la corrupción.
Pereciera que la corrupción fuera el signo de nuestro tiempo.
No podemos dejar de lado el papel de los medios de comunicación en la vida nacional. Si bien debemos reconocer que muchos actos escandalosos se han conocido por la labor informativa de algunos medios, las más de las veces, ocurre por el afán de lograr la chiva informativa, en la agresiva competencia por el “rating”. Sin embargo, una vez destapado el escándalo, lo hemos visto muchas veces, esos mismos medios, en una calculada actuación empiezan a bajarle intensidad al fenómeno en mayor medida cuanto mayor sea la importancia del personaje en cuestión. Si es un intocable, se convierten en caja de resonancia del contra-ataque del “ofendido” por sus “enemigos políticos”. ¿No se les hace conocida la comedia?
Una prensa, unos medios de comunicación independientes deberían ser instrumento no solo de información sino de educación para la transformación social. Hoy la gran prensa no es ni lo uno ni lo otro y es defensora a ultranza del statu quo. Transmisora de los antivalores alienantes que entretienen una masa amorfa de individuos incapaces de pensar por sí mismos. Pero eso sí, repetidores ciegos, cual loros adiestrados, de lo que se quiere que digan.
La sociedad, cada uno de nosotros, tenemos la posibilidad pero también la obligación de dudar de las fuentes oficiales y dominantes de “des-información”, de los medios masivos de comunicación y buscar las fuentes alternativas. Sólo así podemos romper el ciclo de manipulación y ejercer un verdadero control social sobre la mal llamada clase dirigente y nuestros gobernantes. La defensa de lo público empieza con el derecho a la información pero también con la obligación de nuestra parte de hacer presencia en los escenarios democráticos de participación. Por ahí se empieza la lucha contra la corrupción.
Profundizar el control social nos debe poner en la senda de la trasformación política profunda en términos de ampliar la democracia hasta estadios superiores llegando hasta una democracia directa sin los intermediarios que hoy pelechan y medran a costa de las inmensas mayorías excluidas de toda participación política real y de los frutos del trabajo colectivo, hoy en beneficio del exclusivo club que apenas llega al 1% de la humanidad.
El resto, las grandes mayorías, los excluidos, somos los llamados a estar del lado de los indignados a los cuales se refería Eduardo Galeano en la frase del acápite de esta columna.
Arturo Montoya Ramírez
Economista
Medellín, abril de 2015

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