EL MIRADOR DE ARTURO – ABRIL

guerra

¿Sabemos de qué hablamos, cuando hablamos de Paz?
“Los dioses de la justicia tenían que estar al comienzo para impedir la guerra. Cuando aparecen al final, solo llegan para impedir la paz”. (William Ospina)

Creo no exagerar cuando digo que casi todos hemos tenido alguna reacción, opinión o gesto, frente alguna noticia o comentario que tenga que ver con el tema de la Paz. Saltan muchas preguntas sobre los fundamentos, las motivaciones, los propósitos de nuestras reacciones, propias, o inducidas por mentiras repetidas y amplificadas por los medios.
La primera de ellas y tal vez la más importante: qué tan preparados estamos para emitir una opinión responsable sobre tan trascendental asunto?. Qué porcentaje de los espontáneos comentaristas se habrá tomado el tiempo de leer, de primera mano, sin intermediario ni intérprete, el texto de los acuerdos alcanzados en La Habana entre las delegaciones de Gobierno y FARC?
En su momento, cada uno de los periódicos de circulación en nuestro medio ha publicado el texto completo de cada uno de los temas en los cuales ha habido acuerdo total o parcial: El Desarrollo Rural Integral, el tema de Participación Política, el tratamiento a las Víctimas, el problema de las drogas ilícitas, el acuerdo sobre Justicia Transicional.
Pero si de disponibilidad de información hablamos les cuento que hice el ejercicio de pedir por un buscador virtual, Google en este caso, y en 0.40 segundos me arrojó 503.000 resultados ante la simple indagación por “acuerdos gobierno-farc”. A un click estamos de tener toda la información sobre el tema.
Me extiendo en el tema de la información por estar convencido de que la falta de ella, por el motivo que sea, menos el de su disponibilidad, es el origen de las distorsiones de las que muchos son víctimas a la hora de juzgar el contenido y el sentido de tales acuerdos. No se encuentra razonable, para citar un ejemplo, que un campesino sin tierra pueda oponerse a unos acuerdos que buscan enderezar semejante sinsentido, o que otro con ella pero sin vías, sin salud, sin educación, sin acceso al crédito ni a la asistencia técnica, pueda oponerse a una política pública, contenida en los acuerdos, que busca corregir estas carencias en el sector rural.
En el tema de las víctimas, sabe el ligero opositor al proceso que es el primer acuerdo, entre las diferentes experiencias internacionales de paz negociada, que pone a las víctimas en el centro de la atención de los negociadores para su reparación prioritaria en la etapa de pos acuerdos?
En el tema de justicia, origen de los mayores radicalismos, así como de la mayor desinformación, cuántos esfuerzos hemos hecho por conocer lo acordado, pero ante todo, de entenderlos e interpretarlos a la luz de la experiencia internacional en conflictos similares al nuestro?
Los textos de los acuerdos, en el tema de justicia transicional, tienen una buena dosis de técnica jurídica de difícil interpretación para nosotros, los legos en esta disciplina. Pero intentemos una aproximación política y pragmática para entender sus alcances sociales y políticos y sobre todo, su eficacia en términos del logro del fin último de la reconciliación entre colombianos.
En otros países que han logrado concretar acuerdos de paz de manera exitosa han debido sacrificar mucho de justicia para alcanzar la paz. Es parte de lo que la sociedad está dispuesta a ceder a cambio del bien supremo de la paz, en el entendido de que la contraparte no ha sido sometida por la vía de las armas –no olvidemos que el conflicto colombiano es el más antiguo en el mundo occidental- . Pretender aplicar a una parte de los actores del conflicto criterios de justicia que no encajan en los de su terminación negociada, equivale a la negación del conflicto y a la reiteración del ciclo de violencia que se pretende acabar. Es insistir en la estrategia de tierra arrasada con el sacrificio de muchas vidas más, (triste herencia a nuestros hijos), la negación de la democracia real y la pervivencia de un remedo de democracia que le sirve a unos pocos para someter a los más.
La justicia transicional pactada no es ausencia de justicia en términos absolutos sino una modalidad de la misma que prioriza el derecho de las víctimas a la verdad por parte del victimario, a la reparación, por éste, de los males causados, hasta donde los tribunales lo designen y a la garantía de no repetición de los hechos de victimización. Pregunta: no es más justo con las víctimas y con la sociedad toda, esta reparación, que la cárcel para los victimarios por el resto de sus días?. Estamos ante un proceso de venganza ciega o ante la posibilidad cercana de superar nuestra violencia histórica con sentido práctico y de justicia con las víctimas?. Están los vengadores de hoy dispuestos a asumir su dosis de verdad y de responsabilidad en este cruce enloquecido, macabro, de golpes y contragolpes que ha sido nuestra historia?.
Dos ejemplos del espíritu de reconciliación que se necesita para cerrar nuestros ciclos de violencia se han visto en estos días. El Alcalde de El Roble (Sucre), Eudaldo Díaz, fue muerto en el 2003 por sus denuncias de corrupción y violencia paramilitar. Lo vimos en televisión los colombianos suplicar protección al presidente de entonces, en un Consejo Comunitario, ante las amenazas contra su vida. Pocos días después, luego de una retención criminal, fue encontrado su cadáver. La justicia logró demostrar la responsabilidad de políticos de alta representación en Sucre, incluido el gobernador de entonces y un senador y fueron condenados a cerca de 40 años de prisión. Esta semana el hijo del alcalde asesinado declaró a todo el país a través de la radio que prefería el perdón para los asesinos de su padre y verlos libres en una labor de reparación social, que presos por el resto de sus días.
Igual testimonio ha hecho reiterativo el actual ministro de Gobierno, Juan Fernando Cristo, ofreciendo reconciliación con los autores de la muerte de su padre, integrantes de un grupo guerrillero, a cambio de la verdad y la solicitud de perdón de sus victimarios. Como a ellos, hemos escuchado a miles de víctimas expresándose en el mismo sentido. El espíritu vengativo, real obstáculo para la paz y la reconciliación, no es cierto que sea un sentimiento generalizado y mayoritario en el país.
La Ley del Talión, o de “ojo por ojo, diente por diente”, no nos va a permitir salir de nuestras violencias seculares. Lo que va a permitir la no repetición, en respuesta a las críticas de quienes se oponen a la justicia restaurativa, es la verdad, verdad completa, sin la cual el victimario pierde todos los eventuales beneficios y se hace acreedor a la pena de prisión contemplada en los mismos acuerdos de La Habana.
La firma de los acuerdos con la insurgencia armada constituye la primera piedra para la construcción de la paz. Esta ha de levantarse sobre la base de una democracia llena de contenido participativo, incluyente, civilizado, sin armas y pasa por la verdad (temida por quienes tienen rabo de paja), la justicia, la reparación y las garantías de no repetición.
Arturo Montoya Ramírez
Economista
Abril de 2016

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