EL MIRADOR DE ARTURO -DICIEMBRE

El General y nuestro laberinto

 

La captura del General Alzate Mora por parte de la guerrilla, en medio de los diálogos de paz, propiciaron la oportunidad para comprobar varios aspectos que estaban ocultos bajo la ruidosa pugna entre partidarios y enemigos de los diálogos de La Habana entre gobierno nacional y la guerrilla de las FARC, pero que pueden, a la vez, dar cabida a su fortalecimiento.

Comprobó, en primer lugar, que la negociación en medio de las hostilidades, esto es, sin cese al fuego bilateral, da una condición de fragilidad al proceso ante la cantidad de eventualidades violentas que la guerra genera.

La condición puesta por el gobierno de dialogar en medio del conflicto sólo estaba pensada por éste para situaciones en que las fuerzas del estado estuvieran a la ofensiva. Son frecuentes los anuncios de golpes dados por las fuerzas armadas del estado a los insurgentes, acompaniadas del vociferante discurso triunfalista y pendenciero del ministro de defensa; a renglón seguido se ha venido solicitando a la insurgencia que pare toda acción ofensiva desconociendo el origen estatal de la condición de dialogar si parar la guerra. Notable incoherencia entre lo condicionado y lo reclamado.

No obstante la contradicción anterior, los diálogos seguían discurriendo de manera ininterrumpida hasta que se presentó la captura del general, hecho sin precedentes en los 50 anios de conflicto Estado-FARC: la retención de un militar de tan alto rango. Y ahí fue Troya para el campo oficial. La presión se le vino encima al gobierno nacional por parte de sectores militares en ejercicio y los de la reserva – dura esta última con los diálogos desde un principio- , pero además por los ya conocidos enemigos civiles de todo el proceso, como el senador Uribe y el procurador, entre otros.

Como resultado de la enorme presión, aupada por algunos medios y periodistas, el gobierno cedió y declaró la interrupción de los diálogos hasta tanto se regresara al general Alzate, a sus acompaniantes y a los dos soldados capturados en el Arauca en días precedentes.

Quedó al desnudo, con este episodio, el riesgo que trae consigo dialogar en medio de las hostilidades, Queda ahí una lección y un aspecto a superar con imaginación por las

partes en diálogo o la consideración de si estamos en etapa tal de maduración del proceso que ya se pueda hablar de la cesación del fuego por ambas partes o, al menos, del desescalamiento del conflicto.

Vino un hecho que no se puede pasar por alto y habla muy bien de la convicción de la guerrilla de estar asumiendo con toda seriedad los diálogos a pesar de los golpes y bajas sufridas en sus filas después de iniciados los acercamientos con el estado. A diferencia de otras etapas del conflicto, en las cuales un botín de guerra, como lo es un militar de alto rango, era aprovechado como elemento de presión y de negociación por parte de las FARC, en esta ocasión fue clara y pronta la insurgencia en declarar su intención de devolver a los retenidos en el término de los pocos días necesarios para poner en marcha los protocolos de devolución con seguridad para los involucrados en todo el procedimiento.

Este hecho demuestra solidez del proceso y capacidad de las FARC de responder unificadamente y en poco tiempo, a pesar de las dudas malintencionadas de algunos de sus críticos. Es un gesto que llena de optimismo en medio de tanta barbarie, dada la degradación humanitaria de nuestra guerra; hemos presenciado actos atroces, unos en nombre de la justicia social por parte de la insurgencia, y otros en defensa de la institucionalidad y de unos etéreos valores democráticos de papel.

Los planteamientos precedentes los traigo a cuento, a pesar de ser bien conocidos por muchos, porque me sirven de fundamento para reclamar de la ciudadanía una dosis de optimismo, la necesaria para darle el empujón que el proceso requiere para entrar en la etapa de las grandes definiciones. Además, para que entendamos que si del lado de quienes apuestan por el fracaso del proceso paz abundan las presiones y los sabotajes, corresponde a las grandes mayorías del pueblo colombiano defender su aspiración tantas veces aplazada de una paz duradera con justicia social basada en profundas trasformaciones de las vetustas estructuras sociales y económicas, reproductoras de la exclusión social y la inequidad. Es tan atractiva y vendedora esta bandera que no hay, no ha habido políticos en campania, unos con convicción otros con pose populista, que no acudan a su proclamación como senuelo para atraer a sus potenciales votantes.

¿Quién no ha sentido frustración con las promesas electorales tantas veces repetidas y otras tantas incumplidas del cambio social y económico? Hemos visto desfilar políticos grandilocuentes, convincentes muchos, descubiertos luego como falsos profetas de las transformaciones que la población reclama.

De lo que se trata hoy es de garantizar que los acuerdos de cesación definitiva de los fusiles se concreten en La Habana para poder iniciar el largo proceso de construcción del cambio de estructuras que nuestra sociedad reclama, por las vías democráticas. Que las armas no sigan siendo instrumento de lucha política y sean remplazadas por las propuestas, la lucha ideológica y la movilización social, cuando sea menester, pero con plenas garantías por parte del estado, siempre, para ejercer la oposición política. En una palabra, una democracia plena en todas sus letras.

Sabido es que estamos en la región del país donde ha pelechado con mayor arraigo el discurso opositor a los diálogos, nacido de conveniencias políticas o de miedos fundados a la verdad histórica que los desnude por su participación en hechos violentos o de ciegos sentimientos de venganza personal de algunos personajes. Todo ello con el eco propagandístico de algunos medios de comunicación dominantes en la región cuyo efecto se siente en una parte muy importante de la población que se declara escéptica en cuanto a la sinceridad de la guerrilla en su voluntad de llegar a acuerdos de paz.

Pero también conocemos de la irrupción de nuevas ciudadanías, de sectores sociales con nuevos protagonismos, críticos del andar de nuestra codiciosa dirigencia, mejor informados que el ciudadano medio, dispuestos a ser protagonistas del futuro y no presas del pasado, sectores juveniles irrespetuosos de las verdades eternas que nos tienen amarrados a las viejas estructuras. Con todos ellos habrá de construirse los frentes de acción que darán el apoyo ciudadano a este histórico proceso de paz. En algunas regiones se han venido multiplicando con varias denominaciones con “Clamor por la Paz o “Frentes Amplios por la Paz”, como en el caso de Antioquia.

Hoy más que nunca, es tarea de este naciente movimiento por la paz, la acción pedagógica de persuadir, y si no esto no es posible, aislar a los sectores que de manera soterrada o abierta se atraviesan al proceso, como palos en la rueda, buscando su fracaso. Es imperioso construir de manera colectiva y creadora los escenarios adecuados para que los sectores anhelantes de la paz, que somos la inmensa mayoría, demostremos nuestra voluntad de rodear el proceso y llevarlo a feliz término.

Coletilla: Al presentar la última columna del anio quiero pagar una deuda con todos los carmelitanos, personas o instituciones, que han sacado la cara por nuestro municipio en los diferentes escenarios del concierto nacional e internacional. Lo han hecho desde la cultura en general, desde el teatro, la música, las artes, el ambientalismo, el deporte, el conocimiento, el emprendimiento económico, social y comunitario, etc.; pero también para los héroes anónimos quienes, desde su lugar en la vida, contribuyen a hacer más grande nuestra patria chica.

Arturo Montoya Ramírez

Münich, Alemania.

Diciembre de 2014

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